El blog de Yenas

Curioseando y compartiendo

Mensajes en el silencio

1 comentario

Tengo una manía con mis oídos. Me gusta mucho escuchar y entonces en mi lógica, lo más limpios y abiertos que tenga los oídos, lo mejor que escucharé el mudo que me rodea.

El año pasado, a causa de esta lógica correcta en su planteamiento pero no sana en la práctica, me lastimé el oído con un hisopo y estuve en cama por casi dos semanas con infección y un dolor indescriptible. Recuerdo que pensaba todo el tiempo “no lo vuelvo a hacer!” Y me sumergía en todas las cosas nuevas que estaba escuchando aún con el dolor.

Este año a pesar de habérmelo prometido, me volvió a pasar… ¡Dos veces!  En este momento preciso, la tercera. Creo que si pasó de nuevo fue para que no olvidara el mensaje y lo compartiera. Pareciera que como un hecho casual esto me sucediera para cerrar mis oídos al exterior y escuchar solamente lo que pasa dentro de mí. No ha sido fácil descifrar estos mensajes…

Inhalar… Exhalar… Lo primero que noté al quedarme medio sorda fue… ¡¡¡Qué fuerte respiro!!! Y al acostarme del lado del oído bueno (porque acostarme del lado malo me dolía mucho) y mirar hacia un punto fijo en la pared, pude escuchar a mi cuerpo en sutilezas que no me había fijado antes… A la par de la respiración, el corazón, su ritmo acompasado pero firme, extendiendo su movimiento a cada vena y arteria del cuerpo. El correr de la sangre, que nunca pensé que fuera audible, lo es cuando no escuchas nada. Casi podía sentir mis dedos pulsar a cada momento en que nueva sangre pasaba por estos. Un leve tic tic con cada parpadeo, como si mis ojos tuviera unas tapitas que no me había fijado que pudieran tener un sonido propio. La fricción del cabello, la actividad del estómago, el sonido líquido de tragar saliva, el chocar de mis dientes, el vibrar de mi pecho. También el rechinar de mis articulaciones cuando giro el cuello para un lado o para el otro. Nunca imaginé que en total silencio mi cuerpo hiciera esta música para mi.

Pero también, lo dependiente que es el cuerpo del oído en general. Los días que he tenido esta infección me he sentido un poco torpe, mi equilibrio (obviamente) está desbalanceado, pero también se afecta mi olfato (no puedo cocinar bien, no oigo cuando hierve el agua, no huelo los condimientos), el gusto, la comida me sabe toda igual (daaah y yo que adoro la comida!). Y siento que perfectamente distingo a dónde se extiende el dolor cuando se me olvida tomarme el analgésico porque no suelo tomar muchos analgésicos… Como si el dolor bajara caminando de puntitas por el cuello, la parte de atrás del oído, a la mandíbula y hasta las muelas. Suena horrible en verdad, y sí que duele, pero en también me parece algo increíble cómo me puedo volver tan consciente de mí y como puedo casi casi ver mi cuerpo, si cierro los ojos e imagino que estoy flotando en una alberca de luz incandescente que ilumina cada hueso, cada nervio y ligamento, cada cabello y articulación.

Cuando por alguna razón me enfermo, puedo entrar en este contacto íntimo con mi cuerpo. Es como si me dijera, sí, aquí vives, y estas reparaciones hay que hacer en ésta tu casa que traes puesta todo el tiempo. Entonces me vuelvo consciente de mis huesos y cada una de mis articulaciones, de lo secos que están mis ojos, de lo caliente que está mi piel en mi cara y cuello, de lo helados que están mis pies y mis manos, de cómo se mueven mis tripas, de cómo pulsa el útero. Y como hablar me molesta porque siento que vibro muy fuerte por dentro y me rebota el sonido en el oído enfermo, entonces hablo poquito, sólo lo que necesito decir. La enfermedad no sólo me trae al aquí y al ahora, sino que al aquí y ahora más inmediato, dentro de mi. Entonces el dolor no duele tanto, se vuelve una forma de comunicarme con lo que está pasando dentro y me hace pensar cómo he llegado a provocarme esto yo misma… En este caso es más que evidente que no me dejo en paz los oídos (y todo el mundo me regaña por eso y lo seguirá haciendo después de este post), pero tantas veces que he pasado por una enfermedad por desbalancearme en sueño, en alimentación, en no cuidar mis emociones y dejar que lo no expresado se manifieste en algún otro lugar de mi cuerpo, pidiéndome a gritos que lo deje salir.

Pero hay otros mensajes en el silencio más allá de lo que escucho dentro de mí y me hacen mirar hacia afuera, hacia las manos que me cuidan, que sin pedirlo me traen un té calientito, me masajean la espalda, me besan la frente y a veces con tacto tosco me toca a ver si estoy muy caliente. A los ojos que, al saber que no escucho, buscan mis ojos y me preguntan sin muchas palabras, cómo estoy, me dicen que me extrañan, me miran adivinando mis muecas. Así es. Mi pareja no es de muchas palabras, pero en estos momentos, aún en el silencio me dice tanto al cuidarme, al buscar que yo esté bien, al darse cuenta que estaría más cómoda con la pijama, al arroparme con la cobija o entibiarme con sus brazos. Ese amor que procura que vuelva a la normalidad, que me dice que está ahí junto a mi todo el tiempo.

Los mensajes de la naturaleza cuando puedo mirar de reojo por la ventana y ver que aunque sea de noche hay muchos colores en la oscuridad. De la arañita que desde una esquina baja lentamente en su hilo. De los gansos que, aún con un solo oído, escucho que se van volando al sur, graznan muy felices de saber que volverán en tres meses. Del gatito salvaje que viene a la puerta a tratar de convencerme de que le abra para hurgar en la cocina. De la gotera que escurre rítmicamente desde la esquina de la teja. Del sonido del ambiente cuando oigo a mi amor que sube y baja las escaleras, martilla, taladra, regresa, pone más leña en la chimenea y se vuelve a ir. De los mensajitos de mi familia por teléfono que me preguntan cómo estoy, que si qué barbaridad, que volví a meterme el dedo en el oído, que si el seguro médico, el remedio natural y los besos y abrazos tecnológicos. Sí, la verdad es que soy buena escuchando.

Como lecciones de estos mensajes sólo puedo concluir que a) No debo ya rascarme los oídos para nada. b) Debo encontrar una manera de reproducir y seguir recibiendo estos mensajes silenciosos sin que tenga que estar tirada en la cama o sorda o adolorida por una semana.  Pues me parece que tal vez vivo demasiado afuera y poco adentro… Y con todo y dolor, un poquito de luz calienta mi corazón cuando puedo escuchar al silencio que me habla.

Autor: yenas

Diseñadora, viajera, aventurera, que goza de la vida y se sorprende con ella a cada momento.

Un pensamiento en “Mensajes en el silencio

  1. Lo único que tienes permitido meterte en el oído son tus propios codos.

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