El blog de Yenas

Curioseando y compartiendo


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Postales

Hoy que hizo un poquito más de sol en mi nueva ciudad, me salí a buscar un espacio tranquilo y soleadito donde poder escribir algunas postales que ya había comprado… ¡qué emoción!

Escribir una postal para una persona es un ritual que tiene su encanto, pero que no todos hacemos. Comienza desde escoger la postal, pensar un mensaje corto (porque las postales no tienen mucho espacio para escribir) y escribirlo con la mejor letra posible porque no hay mucho margen de error.

Algo que me gusta de las postales es que reflejan la visión de un lugar, no sólamente por la foto que eligen tomar, sino por la composición de la postal. Son como la imagen que quieren que te lleves del lugar. Hay postales de todo tipo. Hay las que tienen mensajes chistosos, caricaturas, escenas nocturnas (una o varias), con marcos, sin marcos, chicas en playeras mojadas, chicos aburridos, en blanco y negro, a colores. A mí me gustan las que son sólo una foto, bien tomada, con pocas letras o sin letras, de una escena típica de la ciudad que visito. También por ejemplo, si compro alguna en un museo, me gusta elegir la de una obra que tengan ahí, y que muestre algún detalle.

Me parece que justamente ese es el encanto de las postales: Cualquiera podría tomar la misma foto de la Torre Eiffel, de la Catedral Metropolitana, de la Diana Cazadora, del Big Ben o el Corcovado. Pero la imagen impresa en la postal fue tomada por un ojo experto, editada en colores, en composición. También en el encuadre, mostrándote algo especial del sitio o de la obra, un detalle que te regalan magnificado y retocado para que te lo lleves y recuerdes un buen momento con aprecio.

Y es que de por sí, eso pasa en las fotos, puede irte muy mal en un viaje, pero si tienes una o dos fotos buenas en las que sales contento, mostrando algo que te gusta, al cabo del tiempo con todo y sus malos ratos puedes recordar el momento con gratitud y alegría. Con las ciudades que se plasman en las postales pasa lo mismo: En todas hay borrachos y baches, en todas hay crimen, en todas han cartereado a las personas en el camión. Pero te llevas el momento lindo, eliges quedarte con lo mejor y eso es lo que guardas y compartes.

Ligado a esto, va también el mensaje. El espacio de la postal es tan pequeño, que las palabras que elijas para describir tu vacación o el lugar o el viaje, deben ser breves y precisas. Y entonces es cuando nos concretamos a platicar algo bueno o divertido.

Así que bueno, hoy envié 5 postales que tenía muchas ganas de enviar, pronto enviaré más, la pregunta es si compraré postales de tienda con escenas lindas o tal vez me dedique a buscar mis propios momentos mágicos qué compartir… ¡Ya tengo tarea!

Hoy, busca una postal del lugar en el que vives. ¿Por qué? Porque es un buen ejercicio que te permite redescubrir la magia del lugar en el que vives. Ese edificio padre, al pasar todos los días frente a él, simplemente comienza a pasar desapercibido. Con el ruido, el tráfico, la gente, la prisa, a veces se te olvida que tienes una maravillosa vista de la ciudad. O de un monumento histórico. De algún sitio al que otras personas pagan por ver. ¿Te lo habías preguntado? Sea si eliges comprar una postal, o hacer tu propia serie de postales, busca escenas a tu alrededor que te gusten. Si quieres, haz el ejercicio completo y envíasela a alguien con quien quieras compartirla. Quizá con esto, también dejemos de lado por un momento los malos ratos, y tengamos presente las cosas por las que vale la pena vivir.

 

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¡Recibidas!

Esta semana inicié con una buena noticia, ¡las cartas que envié fueron recibidas!  Mas otras dos que no envié por correo, sino que entregué furtivamente como cuando uno juega al amigo secreto.

Y de repente, escuchar que por teléfono mi prima de diez años me dice, “Sí, ya leí tu carta, escribes muy bonito pero no entiendo tu letra”, o mi hermana mayor me pone toda loquita en skype “ya la teeeeengoooooo” son de esas pequeñas satisfacciones que pueden cambiarle a uno todo el día. Y claro, cuando se entregaron secretamente, los destinatarios llegan con una gran sonrisa y recibes un abrazo inesperado, seguro que tienen un buen efecto. Dejar una carta escondidita para que la encuentren tiene el riesgo de contagiar la buena vibra.

A veces me pregunto cómo harían esos noviazgos de antes, en los que, por ejemplo, si el novio se iba a la guerra, escribía cartas a su amada, ponía el corazón en ello y las enviaba sin saber si las recibiría. Cuántas cosas tenía que pasar esa carta para llegar a su destino. Y cuando la recibía la amada, la podía leer una y otra y otra vez, saboreaba cada trazo de la letra de su novio, cada palabra llena de dramatismo, y más si veía por ahí un poco desmanchada la tinta como si hubiera caído una lágrima (o una gota de lluvia, pero era mejor imaginar la lágrima). Y cada carta, cada línea y palabra, eran un motivo más de espera y fidelidad.

Y el recuerdo se aferraba a un trozo de papel escrito de puño y letra del ser amado. Me encanta el caso de la vecina de Amelie que guardaba las cartas de su esposo, y lo que sucede cuando recibe “la última carta”, la que necesitaba para ser feliz. Se los dejo en un videíto, aunque les recomiendo ver la película completa si no lo han hecho.

En fin, hoy en día, justamente por la facilidad que existe para estar en contacto con la gente, una carta adquiere un significado muy especial, ya que aunque podríamos decirnos mil cosas por skype, facebook, e-mail… siempre queda la posibilidad de plasmar lo mejor de uno mismo en una carta, que le diga a nuestros seres especiales, qué tan especiales son, y que en un papel que guardamos en un cajón del buró, en nuestro libro predilecto o incluso bajo nuestra propia almohada, podamos leer, repasar y releer las emociones de alguien que en otro punto, cercano o lejano, nos añora.

Ya me encuentro diseñando nuevas hojas de carta y sus sobres, para escribir a más personas que me han enviado sus direcciones, ¡Cuando las cartas sean recibidas, espero una confirmación! Y si es posible y así lo desean, una respuesta. 🙂