El blog de Yenas

Curioseando y compartiendo


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Día 11: De causas y efectos, barcos y mi madre

Traigo un rush de energía provocada por la fantástica sensación de treparme al mástil de un barco construido en 1922. Cotorreamos, nos tiramos en la cubierta, luego ayudamos a bajar las velas (otros las habían izado), y hasta tomamos un poco el timón al entrar de vuelta a la ciudad… ¡Pasé enfrente de mi casa manejando por unos minutos un barco de 90 años de edad! Para poder hacer esto tuve que tener una comadre curiosa y creativa como Daniela. Y para que eso pasara, tuve que haber venido a vivir a esta ciudad y a este país por un esposo increíble como Anders. Y para eso tuve que haber venido a visitar a una alma gemela loca como Isabel. Y para eso tuve que haberme puesto las pilas chambeando y ahorrando. Y para esto tuve que haber recibido un montón de impresiones e inspiración de viajes que había hecho anteriormente en la vida, viajando con mi familia. Y para eso tuve que haber ido a la escuela y haber aprendido un montón de cosas que me iban a servir algún día. Y para esto tuve que haber aprendido a leer, y para eso tuve que haber estado sana por muchos años de mi vida temprana, sana y feliz, creciendo en una familia estimulante, con hermanas inteligentes, un papá risueño y entrón que tiene por filosofía probar todo antes de decidir que no te gusta.

Y para todo eso tuve que haber nacido.

Y para eso, ALGUIEN, en su más valiente y generosa decisión, eligió acogerme en su cuerpo y en su corazón. Decidió que era el momento adecuado para que este pequeño parásito de su cuerpo, siguiera creciendo y aplastándole las tripas, cortándole la respiración y evitando que se amarrara sola los zapatos por algunas semanas de su vida, para decidir junto con su cómplice que había suficiente dinero en la cartera o que lo conseguirían de alguna forma, para que pudieran poner un quinto lugar sobre la mesa.

Entendiendo que llegado el momento, me iba a tener que abrir paso entre sus entrañas rotas, y luego pararme y caer, pararme y caer, pararme y caminar, caminar y caer, caminar y correr y caer y rasparme las rodillas, y caerme mil veces más, y luego en algún punto, volar. Y todo eso le iba a doler A ELLA.

Y entonces, ella dijo que sí. 

Y su felicidad se multiplicó, aunque seguro que hubo momentos que se moría de miedo.

Un sí de ella hace muchos años, un sí consciente, maduro, meditado… eso bastó para que yo pudiera estar hoy aquí escribiendo de cómo vi el mar desde lo alto de un mástil, mirar hacia el oeste y pensar en ella, en él, en ellas, en ellos… que han sido el viento sobre el que mis alas reposan cada vez que “vuelo” en una experiencia que la vida me regala, y yo sé que también para ellos soy un poco del viento que sostiene las suyas. La vida. La vida que comienza con el sí de una mujer y mejor aún, las vidas de miles que están llenas de amor y bendiciones, por el sí pleno y consciente de las mujeres que son libres para decidir, y que no sólo dan la vida sino que dan la vida. 

Gracias, Toto. 


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Mi primer amor, mi primer hogar

… Una carta para la que estoy usando los dedos de mi mano como vehículo de lo que mi corazón, mis entrañas y mi ser piensan y sienten. 

Ahora que he estado trabajando muy de cerca con mujeres y algunas de ellas embarazadas o recién teniendo a sus bebés, me doy cuenta de la enorme responsabilidad que es ser madre. Algunas de ellas han compartido cómo, en circunstancias muy difíciles, han preferido no serlo, y las respeto. Otras cómo por el contrario, les ha costado muchísimo tener a un bebé, expuestas a un montón de preguntas si estarán bien de salud, si algo no están haciendo bien, expuestas a la crítica de quienes les rodean. Y no solo es el embarazo, sino el momento del parto que es uno de los más decisivos en la vida de las mujeres que deciden ser madres; sino todo lo que viene después: Desveladas, limpiar vomitadas, cuidar enfermedades, dar de comer; equivocarse mil veces, tolerar llanto, desesperarse, preguntar qué no se está haciendo bien, apretarse económicamente… Pero también con sus recompensas como el que un ser chiquitito te llame “mamá”, el que una hija (o cuatro) te vean como la mujer más bella que existe y existirá, como su ejemplo de vida, como el reírse juntas mil veces de la misma anécdota de cuando eras bebé. De que puedas echar un ojo a uno de los muchos volúmenes de álbumes de fotos, que has guardado con tanto amor estos años porque cada momento ha sido precioso y nunca volverá. Ahora lo intuyo…

Una es madre toda la vida… Y cuando recibo un mensajito, una llamada, una imagen deseándome un buen día, preguntándome cómo estoy, preocupada por mi salud o preocupada simplemente porque “no me he reportado” lo entiendo (aunque a veces me desquicie un poco, jajaj). Es el amor que no conoce fronteras. Son tus brazos los que añoro cuando me siento un poco enferma y un poco sola y un poco incomprendida, son tus brazos y tu perfume que me consuela, me conoce desde lo más profundo y mueve los nervios más primitivos de mi ser. De ti, de tu sangre vengo, del rincón más sagrado de tu cuerpo me nutrí y me formé. Tú fuiste la primera en saber que yo existía, la primera en creer en mí y en defenderme, la primera en escuchar los latidos de mi corazón y la primera en soñarme. ¡Eres mi primer amor! Eres tú lo primero que yo vi del mundo, lo primero que conocí como un hogar…

Me miro en tí y somos tan iguales, y tan distintas. Nos leemos el pensamiento y podemos reaccionar muchas veces a lo que la otra está pensando y sintiendo. Pero no cabe duda de que todo el tiempo y con mucho amor (hasta en las discusiones y desacuerdos) estamos conectadas aprendiendo una de la otra. Agradeciendo a la vida que nos haya puesto en el mismo camino. Agradeciendo que hayas dicho SÍ a la posibilidad de que yo existiera. Agradeciendo una y mil veces, que hayas sido tú y no otra, con mi papá y no con otro, los que me invitaran a vivir un rato en el mundo.

Nos quedan años de crecer, de amarnos de abrazarnos, de sentirnos cerca, como amigas, como mujeres como hermanas, como madre e hija que somos, (y tal vez en un futuro como hija y madre). Que cada día, cada año, cada momento y cada risa estén llenas de tu fuerza vital que el universo te dio para ser madre… que ojalá un día, si tengo la bendición de ser madre también, me acompañes, me guíes, me instruyas y me regañes, que me obsequies un poquito de esa energía creadora que es tan tuya y de nadie más.

Todas las madres son mujeres

pero no todas las mujeres son madres.

Todos venimos de una mujer, pero

para que esa mujer se pueda llamar madre,

hace falta que decida abrir su corazón,

que decida renunciar a muchas cosas que son deseables,

comodidad, sueño, belleza (que adquiere de forma permanente

por misteriosos caminos del espíritu,

aunque no siempre corresponde a la que demanda de sí

el mundo)

hace falta que aprenda a equivocarse

y a que nada está escrito.

Yo no sólo vengo de una mujer

Vengo de una madre que es ejemplo de generosidad

paciencia, humildad y armonía.

Que no ha escatimado amor, recursos ni tiempo

para que yo y mis hermanas seamos las mujeres que somos hoy.

Que además, ha sido madre para much@s otr@s,

que se acercan a ella y le piden consejo y consuelo,

que la siguen, la admiran, aprenden de ella.

Hace falta un corazón grande, que tenga mucho espacio

para guardar cada memoria y cada momento

de felicidad, de ansiedad o de extravío

de insomnio, de enojo o de cansancio.

Hace falta que mire a la Luna para entender

cómo es que llegado el momento, l@s hij@s la mirarán

le preguntarán, le reprocharán o se irán

y como el ciclo que vuelve, también ellos volverán

la amarán, pedirán perdón, la entenderán

y al final de la vida, también ahí, a su lado,

serán ellos los que guíen sus pasos.

…………………

Para mi mamá. ❤ Mayo 2013.

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